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ANDRÉS INIESTA: EL JINETE PÁLIDO

03 ago

España es una tierra donde en cinco personas reunidas, al menos encontrarás doce opiniones distintas sobre un tema. Pues bien, en los últimos meses, la totalidad de la población defendía, a capa y espada, contra viento, marea y lesiones, que si alguien podía darnos el Mundial de Fútbol, era don Andrés Iniesta. Por una vez la fe ciega de la masa fue cierta. El gol de Iniesta catapultó a la gloria y al éxtasis a millones de españoles.

Antes de analizar a este personaje, hay que comprender lo trascendental de su hazaña para ser incluido aquí. España es un país distinto, con sol, alcohol y gente que gusta de vivir en las calles, dar voces y en generar no trabajar. Suena a estereotipo, pero todos encajamos en esta medida más o menos. Por nuestra querencia genética al ruido y el ocio, los eventos deportivos se convierten en fiesta sacra. El fútbol es el opio del pueblo, pero también su celebración ritual necesaria. Por tanto, un Mundial de Fútbol, el summun del deporte y de la sacralización hispana, es lo máximo a lo que aspira el español medio desde hace décadas. Un sueño, una utopía, una agridulce fantasía que se materializó con un chut a quemarropa de un chaval de Albacete, más pálido que el mármol.

Cuando los corazones españoles eran uno, cuando millones de almas empujaban a unos locos bajitos, cuando esa maldición gitana que pesa sobre nosotros de nuevo se materializaba amenazando con hundirnos definitivamente, el balón llegó a Iniesta. Durante 118 minutos, este chico tan flaco, tan silencioso, tan pálido, que recuerda a un gorrión asustadizo, se había dedicado a torear y marear a los holandeses. A cambio se había llevado una ración de patadas terribles. Pero él seguía emperrado en tocar, moverse, regatear, pisar y esconder el cuero.

Pues bien, cuando en el minuto 118 le llegó el balón a pase de un amigo y se vio en el área, no le dio un toque sutil, no regateó o pisó, ni siquiera buscó a un compañero como hizo el resto del campeonato. No. Andrés Iniesta, de Fuentealbilla, la rompió con el alma. La rompimos todos. Abrasamos el Jabulani del infierno para desintegrar la red y llevar el Mundial. Casillas lloraba porque no daba crédito a lo que veía. El mundo entero sonreía porque esos locos bajitos lo habían hecho. España ardía de pasión desbocada, de ilusión desbordada, de orgullo patrio que tan devaluado y barato se vende últimamente.

¿Qué hizo el genio de genios, el jinete pálido tras destrozar el balón, la red, a Holanda y mandar a limbo a todos los miserables que se esconden tras el resultado, el músculo y el empuje en el fútbol? Le dedicó el gol, el Mundial, la gloria, a su amigo que había fallecido. En medio de la más desbordante alegría y pasión, tuvo un segundo de frialdad para sacar su camiseta de Dani Jarque, antes de ser sepultado por una avalancha de compañeros de armas, del tercio de Austria y Sudáfrica, últimos países donde hemos puesto una pica.

Este detalle no es para nada secundario. Define la grandiosidad de la persona y del personaje. El jinete pálido había conseguido la mayor y más deseada hazaña de la historia reciente de la piel de toro, había hecho real el sueño de millones de compatriotas, había dado un poco de ilusión a muchos, un pequeño motivo para levantarse cada día y combatir el día a día, y en ese momento de éxtasis total, el momento en que el hombre se convierte en dios por un instante y trasciende la realidad, en ese momento, Andrés Iniesta se acordó de un amigo fallecido y lo convirtió en protagonista absoluto de su hazaña.

No puso morritos, ni posturitas. No besó el anillo, se señaló el nombre en la camiseta, beso el escudo, enseñó abdominales  o hizo alguna celebración preparada y publicitada. No. Se acordó de su amigo caído. Quizás sólo por eso merece ser alabado hasta el fin de los días.

Ojala todos podamos ser un poco como el Jinete Pálido.

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Acerca de ratacol

El ser humano solo usa un 15% de su capacidad mental..... ¿estás completamente seguro de eso?
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Publicado por en 03/08/2010 in Personajes

 

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