Cuando analizas la vida de un señor como José Antonio Labordeta para intentar escribir un artículo necrológico que esté a la altura, te das cuenta de una verdad incómoda. Hay gente que son de otra raza. Superior, sin duda. Labordeta formaba de esa raza, de esos hombres honestos consigo mismos y con los suyos. De esas personas que están por encima de ideologías, demagogias u otras tonterías que no significan nada.
Labordeta, quédese usted con lo que quiera; cantautor, viajero, periodista, hombre de izquierdas, aragonés o diputado, sin duda era un hombre irrepetible en todas las facetas. Pudieras estar, o no, de acuerdo con sus puntos de vista, los escuchabas. Y los respetabas. Un hombre que atravesando la marea de estupidez y tontería que a veces nos ahoga a los españoles consigue hacerse oír y respetar, es de otra pasta, de otra materia, de otra especie.
Poco más decir sobre una persona que supo aunar todas las facetas mentadas anteriormente, sin estridencias y con rotunda verdad. Que consiguió hacerse escuchar con su franca honestidad, que fue azote de sus enemigos, pero admiración de sus rivales. Un ser superior y distinto que se nos va. Así le honramos.
