Cualquiera que esté leyendo este artículo en una pantalla, conocerá la importancia que ha tenido Steve Jobs en la historia de la humanidad. Su figura, es uno de esos puntos que son capaces de hacer pivotar sobre sí misma la evolución social, elevarla a un nuevo nivel, impulsarla hacia el futuro. Un hito humano.
Su grandeza no radica en la influencia directa que haya podido tener en su ámbito, que a fin de cuentas era el humano. Es decir, no sólo es impresionante cómo se va a estudiar en universidades, como los que tengan uno de sus proyectos entre manos, ialgo, reconozca su mérito. No es sólo el sector del márketing el que lo va a elevar a los altares eternos junto a Apple. No. Su impacto va más allá. Su impacto se mide en los miles de millones de personas que han estado, están o estarán vinculadas sin saberlo a los avances que Steve Jobs catapultó.
Y cuando dentro de unos años su nombre sea una referencia en la historia de la humanidad, estará al nivel de Guttemberg, Edison, Newton y tantos seres humanos que con su dedicación y visión hicieron que avanzásemos adelante. Esa es su grandeza. También el tiempo borrará sus defectos y lo elevará a un status de leyenda superior. Un mito, un ejemplo, un valor en sí mismo.
MODELO DE MESÍAS
Pero más allá de su visión innovadora y su trabajo que ha cambiado el mundo, podemos ver una vida personal y profesional que sigue el canon del mesías salvador. Del profeta que cambia el mundo. Es quizás el aspecto más fascinante de Steve Jobs: su personaje, su historia, su envoltura.
Los inicios humildes son evidentes. Lanzó su empresa desde un garaje, como manda el sueño americano. Su idea fue lúcida y clara: simplificar todo. Su convicción, feroz: unificación y control total de hardware y software. Su determinación, implacable: con menos de 25 años había revolucionado el mundo.
Pero como toda historia mesiánica, deben aparecer las dificultades. Primero aparece su némesis: Bill Gates. Relación profesional frustrada, admiración mutua, amor, odio, competencia feroz desde el respeto, divergencia de opiniones. Ambos se empujan y se obligan a ser mejores. Steve Jobs queda como el visionario romántico, su rival como vencedor malvado.
Después viene la caída. Expulsado de la empresa que el creó. El paraiso se le niega por sus más allegados y se ve obligado al exilio. Allí sus aventuras son incesantes: crea Pixar, empresa que revende años después multiplicando su valor en niveles nunca vistos, y con ello genera una corriente innovadora de la que se aprovecha. Trabaja en el desierto intentando fundar otro imperio, pero siempre con la mirada puesta en su verdadera casa.
Finalmente llega la vuelta del hijo pródigo. Por la puerta grande del Macintosh. El mesías ha regresado y ha resucitado el imperio que creó. Su sacrificio no ha sido en vano y todos nos elevamos a un nivel superior. Su última etapa le convierte en un iluminado, un dios en vida, con legión de seguidores.
En este punto, lo facil es que Steve Jobs se pudiese dejar caer en la complacencia de un ídolo pagano. No lo hace. Flotando a dos palmos sobre el resto de mortales, se convierte en un icono, en un gurú, en un maestro de maestros. Cuando interviene, su mano mesiánica nos alimenta con maná tecnológico. Sus seguidores son legión. Steve consigue que la humanidad cambie en una década. Nos muta por completo. Es un dios en la tierra.
Incluso su muerte es mesiánica. Combate una enfermedad terrible. Se rodea de los suyos. El amor se convierte en su aliento y nos da sus últimas creaciones de manera agónica. Finalmente, decide fallecer un día después de que su empresa estuviese bajo los focos, para no molestar. Su muerte une a todos y nos hace reflexionar, ser mejores, evolucionar a fin de cuentas.Y se va con calma, dejándonos un mensaje particular para cada uno de nosotros. Quien se acerque a Steve Jobs, podrá encontrar la respuesta vital que busca.
Su legado no se puede cuantificar. Simplemente lo podemos resumir en una frase: Steve Jobs fue un hombre que cambió la historia de un mundo entero.

